viernes, 24 de marzo de 2017

Mujeres exquisitas

 Lo que quiero decir es que si hacemos dos montones... poniendo en un lado a las mujeres que... y en el otro a las que... No van a ser nunca dos montones iguales. Jamás. Utilices el criterio que utilices. Vaya por delante que a la gente no se la coloca en montones, por principio (salvo para los censos, las estadísticas, los estudios de mercado, las colas de los bancos y...). En el primer montón tenemos a todas esas adorables, hermosas muchachuelas: mujeres exquisitas en el sentido que se os ocurra, lo que más os guste. Ah, de ésas querríamos el mundo lleno. En el segundo montón, bueno... todos esos seres humanos igualmente dignos de respeto y consideración, tanto mejores en muchos aspectos que los del primer montón (pero nunca, jamás, diferentes en cuanto a su valor como inviduos- Albert Ellis dixit).

 ¿Vamos bien, por ahora? ¿Alguna mujer enfadada?

 Seguimos. En uno de los montones... vamos a imaginar... desfila un nutrido grupo de Madames Curie, Sabrinas Parsteskis, Madonnas, Fridas Kahlos y demás... y en el otro, pues... mira, encontramos a Adelaida la gritona de los rulos. Bueno, bueno. Si ahora me preguntas con qué montón me quedo...

 (Ya empiezo a escuchar rumor de fondo...)

 La verdad es que puestos a tomar un café, prefiero hacerlo con Sabrina Pasterski. ¿Digo yo que no se dé de comer a Adelaida la de los rulos? ¡De ninguna manera! Pero no me la acerques. Lejos de mí. Espero que se entienda. Y cuando digo que no me la acerques, ¿me refiero con eso a que su valor como persona difiera del de la doctora en física? Otra vez: ¡de ninguna manera! Pero (de nuevo) ponla a triscar por ahí lejos y que no se me arrime. Quiero decir que si se atraganta con un hueso de pollo, por supuesto que corro a practicarle la maniobra de heimlich. Pero después no me la presentes. Déjala con su tele y sus dieciocho niños. 

 Vale: pues ésas, las Adelaidas, en este país son abrumadora mayoría.

 A esto me refería.

 Y en cuanto a las otras, de todas formas, tampoco empecemos a tirar cohetes, porque, como se sabe:

 "En toda minoría inteligente, hay una mayoría de idiotas".

 Besos, abrazos.

Tantas nadie

 Cómo se parecen todas. Lo que me agota es eso. Julia, Raquel, María, Cristina, Marta, Rosa, Lara, Irene... La lista interminable de nombres que son nadie en absoluto. Conoces a una mujer y es como si ya hubiérais dormido juntos: ¡idénticas en todo, unas a otras! No hay forma de encontrar la perla en medio de la escoria. Si al menos, de cada dos docenas... Lo digo de verdad. Decepcionante. Antes era más fácil. ¿Antes, cuándo? Siete u ocho años antes. Por alguna razón. A día de hoy esto es un campo indistinguible de coños sin sabor, de cuerpos que son fundas sin relleno, nada en el interior salvo la cháchara de siempre, la que conoces, la que adivinas desde el momento en que la ves llegar, contoneándose o no, sonriente o no, con o sin maquillaje, desde que abre la boca... Le interesa la literatura, por supuesto. O es artista, fotógrafa. Tal vez trabaja en un supermercado, “pero es lista”. Ha leído a Rilke y a Tolstoi, le encanta Rembrandt, el Barroco...¡A lo mejor escribe! Dios me libre. Tiene un montón de ideas en la cabeza y no lo dudes: quiere compartirlas. La mejor de su clase. La más salvaje. Feminista liberada. Psicóloga. Socorro. Y luego nada, nadie, la copia de una copia. Palimpsesto. Una casa vacía. Un mausoleo. No hay siquiera serrín debajo del peinado. Sabe tantísimas cosas que no ha entendido nada. ¿Cómo vas a entregarte a alguien así? Entonces, ¿por qué no sales del café cagando leches? Porque tienen un cuerpo, todas ellas. Y te lo prestan. Pero se gastan pronto. Como el último resto en el tubo de pasta de dientes. Luego dejar que pasen. Evitarlas. Te sientes como un calígrafo experto delineando “v-a-cí-o”, tu corazón como una galería: cada vez más podrido de fantasmas.

jueves, 23 de marzo de 2017

No hay mujeres malas

 Pero también se entiende. Quieres ser buena, al principio. Hasta que abusan de ti, de lo que tienes para dar, de tu confianza. Y te gastas y te agotas como la mina de un lápiz. Eres un pozo seco, al final, y eliges protegerte. Eso lo sé y lo comprendo. Quizá una mala mujer fue una buena al principio. Tanto cabrón que trisca por el mundo si ve una flor la pisa. ¿Cómo le va a la mujer que se entrega? Una mujer que se abre quizá es verdad que lo hace desde el centro. Más y mejor que un hombre. O tal vez no. Luego cuesta cerrarse, retraerse. Claudicar. Intentarlo de nuevo resulta casi imposible. Porque la parte blanda, la pulpa del amor, está dañada, su centro atravesado y eso duele. Entonces algunas eligen ser malas. Puestos a dar por culo, ahora van a ser ellas. Y pagan justos... Luego cuesta pararse. Porque encuentras una cierta delicia en el roce de la herida. Disfrutas cuando caen, cuando los ves reventar contra el suelo. Uno más, otro pedazo de cabrón que recibe lo suyo. “Y no soy mala, yo. Soy consecuente. Me duele más a mí...”, las escuchas. Hacia el final del tiempo esto va a ser un reguero de corazones tuertos. ¿Pero qué han hecho con ellas, los hombres? Si hacen de ti un juguete te acostumbras al juego, supongo. Y después todo es juego, incluso lo más serio. Y dejar víctimas parece lo más lógico, algo que sabes hacer, se te da bien, en cierto modo tapona la hemorragia. Tu cicatriz. No la de ellos. La tuya. Vale la pena recordarlo, a veces: (quizá) no hay mujeres malas, sino malheridas.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Guapas o no

 Su belleza, real o figurada. A una mujer no puedes privarla de eso. Sería como arrancarle... el corazón, la vida. Es donde más les duele, aunque lo nieguen. Cualquiera de ellas quiere, incluso contra su propia razón, aparecer hermosa a los ojos del resto. No hay duda de que existen muchas mujeres fuertes, olvidadas de sí y en apariencia de su propio aspecto, damas que no lo son ni quieren serlo, guapas o no que no usan el espejo. Pero incluso esas mismas que te dicen que se lavan el pelo una vez por semana... Míralas desfilar sin darse cuenta. La mujer que no quiere ser bella en realidad no sabe que sí quiere.

 Hay un dolor inconfesable en todas ellas, una exigencia de base: el ansia de ser amadas. Amadas como se aman los objetos, además, como se aman las joyas y las flores cuando son joyas y flores hermosas. Hacerse necesaria por la vista es el sueño de todas. Todas ellas. Y aunque lo nieguen lo dice su piel y lo gritan sus ojos. No quieren ser amadas sólo por lo que son. Ninguna quiere. Lo que desean más que nada en el mundo es sólo parecer. Luego, tal vez, se ocupen de sacarle brillo al alma. Y esa tragedia va acabando con ellas. Desde el principio son como sonámbulas armadas con palas que de noche se entierran y se entierran, y cuanto mayor el ansia, más profunda la fosa... Al despertar miran alrededor y reparten su culpa: al propietario de terreno, al que vendió la herramienta, a todo el que no quiso despertarlas a tiempo...

Ella nunca lo dice

 Porque conozco a alguno que se la pasa esperando a que ella diga “sí”. Y ella nunca lo dice. Prefiere seguir siendo inalcanzable, sonriendo cuando toca, un café, una palmada... A la chica le encanta tener la sartén por el mango. Y a él no le importa seguir esperando. Le basta con saber que ella lo sabe de alguna forma enrevesada y cruel que ni siquiera entiende. Ambos lo negarán. Porque en eso consiste. Y entretanto estarán dedicados a admirar el paisaje. A decirse de todo por llenar el silencio y evitar la pregunta, esa única que importa. Un poco peor cada vez y cada vez con menos argumentos. Si se trata de amor, es un amor extraño. Como a plazos. Un amor sin fe y podrido desde dentro. Demasiada estrategia. Es el tipo de amor que, cuando se destapa su intención, se derrumba. Al instante. Como un striptease lento que acaba en tragedia. Para él. Para ella no. Sólo faltaba.

martes, 21 de marzo de 2017

Hermosa y libre


Nunca,
por más años que pasen,
y aun cuando todo al fin
nos deje en nada,
y de nosotros quede
menos que un viento leve,
desesperes de ti,
de la poesía que encarnas,
de la fe que te lleva;
nunca dejes de verte
hermosa y libre,
de nadie más,
jamás,
que de ti misma,
abraza ese misterio
que es tu vida,
permite que tus ojos 
aprendan a mirarte
como aún te ven
los míos.

La flecha

 La imagino aprendiendo a caminar, como una niña. Aferrada a las cosas de las que está segura para no pisar en falso y despeñarse; paso a paso entre pétalos de fuego, soñando las canciones que le gustan, inventando un pasado a su medida, no quiere desdecirse y desandar lo andado. Como una primavera que llegase tarde. O demasiado pronto. Un funeral en broma. Una lluvia de a veces y quizaces. La imagino como siempre la vi cuando estábamos: como una estación término para las penas, un segundo de luz que no termina, como centro y periferia del milagro. Ella es una lección para que aprendas. Una marca en el tiempo. Ella es un mientras tanto que te dura y te escuece. Carmín para la herida. Belladona. Pero sigues queriéndola porque no puedes arrancarte la flecha sin quitarte la vida.