lunes, 24 de abril de 2017

Tu regazo

 Date la vuelta y ya. Yo no te quiero más que hecha de carne y sangre. Que sepas a qué sé. No espero tu perdón ni te pido la vida. Desnúdate de todo lo que estorba: hazte sólo mujer, vuélvete nido, para apretar mi cabeza sobre tus rodillas y perderme en tu cuento, como un niño, y llorarte lo que no le lloro a nadie. Tu piel es un espejo y yo estoy loco: por ti, por lo que hacemos juntos, tu sabor en mi boca, la sal de tus pezones, tus pechos como zanjas, como bultos de lava, como puntas de estrella... Y morirnos así, morir de tanto y tan de golpe, sin treguas para hacernos los dormidos, ni tatuajes a oscuras, ni contratos... Lo que quiero es romperte, coronarte, deshojarnos de espinas, dibujar un destino... de tus labios un regato de horas húmedas, colmadas, largas como un desierto e igual de cálidas, muerte donde apagarnos, fuego cruzado, azul desde la última luna antes de abandonarnos, y mientras dure el baile aprender a soltarnos, que es la mejor manera de abrazarse cuando empieza a asomar el invierno...

Desde lejos

 No pueden herirte. Nadie puede. No te rozan. Déjate ser así, en esa parte de ti que yo conozco. No te alejes de mí. No te pierdas. Estaré aquí, si quieres. Pero sólo si quieres. Si no, miraré desde lejos, guardándote un silencio que haga mucho ruido, para que no te olvides de mi nombre. Soñando que te tengo, igual que un niño que sostiene un trébol en la palma, quizá sin entender.

 Pero sabiéndolo todo.  

sábado, 22 de abril de 2017

Estación término


Quiero ser,
para ti, 
estación término,
conseguir
 que sea fácil
hacernos las paces 
y no dure la guerra
y no haga
daño
 a nadie. 

Pero, mujer, 
por ahora 
es imposible,
porque no sé
y no espero
tener que esperarte,
acunar-
te, lamer
tus heridas. 

Busco mi libertad, 
la que se mide en horas 
y kilómetros, 
esa cosa de siempre
triste y fiera,
que mueve el corazón, 
sacude el polvo 
y ayuda a ver,
sentir mejor, 
deshacerse de ausencias. 

Para que no
tengan que ser tus brazos
los que me retengan,
y jamás
se nos vuelvan
prisión consentida, 
y yo aún quiera 
volver
cada vez
que tú quieras.

viernes, 21 de abril de 2017

Porque lo dice Emma Watson

 Lo difícil para que el cambio ocurra es que, por cada doce personas comprometidas, conscientes, tenemos otros doscientos treinta millones pisando los arriates. Y así, chicas, está crudo. Lo que ahora se estila llamar “patriarcado” es una empresa sostenida sobre todo por mujeres (a base de connivencia, omisión y/o pereza). Me refiero a ese constructo social o imperativo biológico de la feminidad entendida como “jijí jajá, toca mis tetas de goma". Es como un grano en el culo y nos está haciendo daño. A todos. No se puede querer ser Madonna y envidiar en secreto a Blake Lively. Que es lo que hacéis (casi) todas. O gastar... ¿cuánto?, en imagen personal, y esperar que se os mire de otro modo sólo porque sí, porque lo dice Emma Watson en la ONU. Cómo exigir del mundo un respeto que no os tenéis de puertas para dentro. La penosa verdad, y para verlo basta con salir a la calle, es que la inmensa mayoría de vosotras se quiere menos, pero bastante menos, que una mierda. Y de eso hay demasiados que saben sacar provecho...

 Así estáis. Así estamos.

jueves, 20 de abril de 2017

Zeigeist

 Estamos educando a la gente (me refiero a esta época, a su zeigeist) en la molicie y el aturdimiento, por eso al parecer hay tantas cosas que hoy por hoy no pueden decirse. Incluso aunque sean ciertas. Aunque todos las sepan. Porque estamos (de)formando a una generación. No puede hablarse claro de la frustración que produce el contacto, la tragedia apenas algo menos que mentirosa del amor tal como se nos cuenta, tampoco del capricho, del instinto, ni de asuntos como la gordura o la fealdad (porque en cuanto abres la boca hay una asociación, un organismo, un grupo, una persona, que se siente concernida, ofendida, afectada), ni en general de todas esas pequeñas miserias consentidas de que está hecha la relación entre hombres y mujeres (también mujeres y hombres entre sí, por supuesto, y hombres y perros, mujeres y caballos, adolescentes y frutos oblongos). No puede uno siquiera citar de memoria su propia experiencia. Estamos educando a una generación de imbéciles. De torpes morales. De asexuados. Cómodos de criterio. Y nos extraña que aumente la censura, que se recorten libertades tan básicas como la de expresión, que de vez en cuando hasta los más conservadores alucinen con el panorama... La lista de asuntos de los que no debe hablarse aumenta cada día, también la estupidez pura y dura del mismo respetable, que cada vez tolera menos cualquier cosa que les ponga los vellos como escarpias, que rime con moño, y en definitiva que se practique por placer y con el cuerpo. Fobia a la piel, lo que hay. Miedo terrible a la escena de lo físico, lo acariciable, mordible, besable; rencor y vergüenza hacia todo lo que nos pesa por espontáneo, animal, bucofaríngeo. Hay que ocultar, tapar, vendar ideas y partes pudendas. Y mientras tanto la herida se abre más con cada apaño por esconderla. Se gesta una generación de gente que no se reconoce desnuda en el espejo.

 Y eso sí que es obsceno.

Como un desnudo

 Cuando conozco a una mujer siempre le miro las tetas. Acabo por mirárselas. Escáner corporal completo. Y además de eso, la escucho. Sobre todo la escucho. Pero le miro las tetas. Y hago cálculos: ¿me gusta?, ¿cómo estará desnuda?, ¿tendrá los pezones claros? Asiento y pienso en todo esto, a la vez. Lo hago con todas, incluso con las amigas. Si son muy feas, pienso en lo feas que son. Entonces me resulta más fácil escucharlas. Prefiero quedar con mis amigas guapas. Por cuestiones estéticas. Es un plus. Me encanta observar sus labios mientras hablan, por ejemplo. La sensación de sopor dulce “que-me-invade” en el momento, esa mezcla letal de forma y fondo que en ellas ocurre de manera natural, casi perfecta. Y son amigas, claro. Pero son mujeres. Y no hay amiga, ninguna que recuerde, que no haya querido pasarme por la piedra, al menos una vez. Con algunas, incluso ha sido posible (son las menos). Respecto a las otras... siempre estoy a la espera. En cierto modo, fantaseo, sería posible hablar mientras follamos. O antes. O después. Mejor después. Todo muy “comme il faut”: porque además de escucharlas, tiene que parecer que las escuchas. Demostrarlo es un arte que se refina con la práctica. Da igual que seas barrendero o diputado. Lo llevas en la sangre. Si yo trabajase de socorrista, por ejemplo, supongo que incluso en plena maniobra de heimlich me pasaría por la cabeza: ¿eso que he notado son sus tetas? Si fuera doctor, sospecho que practicaría así las RCP:

 “¡30 compresiones!” (tiene las tetas firmes) “¡Dos ventilaciones!” (vaya, le estoy comiendo la boca)... etc.

 Un desastre, supongo.

 Pero todo natural, como un desnudo.  

miércoles, 19 de abril de 2017

Una mujer sin atributos

 Imaginemos por un instante: una mujer sin atributos femeninos. ¿Quién iba a soportarla? Insisto, una mujer con todo lo de dentro, el alma intacta. Pero sin nada que apretar por fuera. ¿Qué sería del amor? ¿Quién se le arrimaría? Ya te lo digo yo: ni dios. Decir mujer es tanto como decir cuerpo. Y poco más que eso, por lo que al hombre respecta. Al menos los primeros cincuenta o sesenta años. Luego ya te la quedas por costumbre, o por miedo. Una mujer sin atributos es nada más que nada. ¿Quién quiere sólo hablar con ellas? La mayoría de las mujeres que campa por el mundo piensa que en ellas hay algo más que la pura cáscara vacía. Y que nosotros vamos a fijarnos en eso. Pero es otra mentira. Queremos tetas, culos y cinturas. Lo demás es amor mal entendido. Y ni siquiera amor, un subterfugio. Se te acercan y dicen, por ejemplo: “Oh, yo soy licenciada”. ¿Y a quién coño le importa? Bájate las bragas. La que es lista lo sabe. No lo dice. Si eres trabajadora social, o profesora de arte en la Sorbona... no me importa un carajo. Lo que quiero es sacarte ese vestido. Me mueve lo de dentro, como pasa con los huevos kinder y los caracoles. Lo que hay debajo de la tela. No quienquiera que seas. Hablan de compañía. La compañía es nada más que ese estar juntos a la espera del próximo polvo. Por parte de ellos, al menos. Nada les gusta más que verte abierta de piernas. Ni tus silencios nerudianos, ni tu conversación, ni tu peinado. Llegar a darse cuenta supone un espanto y un horror para muchas mujeres. Pero más vale tarde. Quién querría una mujer que no tuviera coño. Ni ella misma. Ser mujer significa encender el deseo, y esto les guste o no a las feministas. Ser mujer implica en muchos sentidos pasar por objeto. Contra toda razón, contra toda esperanza. Es por eso que de la mujer libresca se dice que tiene el coño (re)seco. Se le ha mustiado a base de leer. Pensar sacude el cuerpo, lo pocha y lo arruga. Estropea la belleza. Las mujeres más guapas suelen ser las más nulas. Esta es otra verdad del barquero: las chonis, las barriobajeras, su atractivo salvaje en contraste con ese otro efluvio a rancio de la mujer con gafas, de la doctora en mates. A la que nadie se folla, por cierto. La mujer de cultura suele ser monja o frígida. Claro que hay excepciones. Unas cuantas. Pero por lo general quién desea a la mujer encorvada, cejijunta, miope, que habla de Kierkegaard y Schopenhauer, del teorema de Fermat y las verrugas. ¿En serio, a alguien puede gustarle? Una tarde de helados con Alejandra Pizarnik, con Anaïs Nin, con Gertrude Stein... Vaya un coñazo de todos los demonios. Antes me follo a un muñeco. Y repito.