jueves, 21 de septiembre de 2017

Trátame como a una pu...


 Sucede algo curioso.

Cuando te encuentras con una mujer, acabas manejándote en dos planos: el de lo que te gustaría hacerle/decirle en ese instante y aquel otro en el que te manejas con ella como un “caballero”. E incluso aunque lo sabe, ella lo sabe, o lo intuye (todo lo que tienes en la cabeza), existe esa frontera que no debe cruzarse... demasiado pronto. De hecho, para cuando se cruza, ya nada es lo mismo.

Porque te han dado permiso.

La evidencia del deseo (y las formas del deseo) se ha hecho palmaria, efectiva y manifiesta y su efecto mágico se ha diluido en la misma proporción exacta.

Es por eso que los juegos eróticos del después, del encuentro cuerpo a cuerpo, no logran alcanzar jamás las fantasías previas: porque aquéllos son consentidos y éstas, ilimitadas, secretas, inéditas.

Me hace gracia cuando me cuentan que alguien juega con su pareja al “como si”: como si fueras una puta, como si fueras un doctor, un policía, como si fueras mi madre, mi padre... Todo tan “como si” que no va a ninguna parte. Desmantela el secreto, lo pervierte.

“Trátame como a una puta” es la mayor de las farsas. Una pantomima terrible por absurda. Cualquier fingimiento pervierte el encuentro, lo aleja de su intención original, de la emoción que lo informa. La verdad es que “Trátame como a una puta” no significa absolutamente nada y además os convierte a ambos en dos tontos del culo. Por mi parte, cada vez que una mujer me pide que la trate “como a una zorra” antes de hacerlo yo mismo, suelo volver a guardarme la polla y largarme.

No por ella. Por mí.

¿Se entiende, lo que digo?

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Panta rei


 Que hay una sola persona y es cuestión de encontrarla.

 No es cierto.

 Existe un septuagesillón de personas compatibles contigo, y cada día te orientas/converges hacia otros tantos mientras te alejas de esos mismos que antes te quedaban cerca.

 Panta rei.

 También vale para las mujeres. Sobre todo para las mujeres, los amores...

 ¿Eres lo bastante cretino como para mantener la compatibilidad de caracteres con tu pareja durante treinta largos años?

 ¿Te has parado a pensar qué significa? ¿Qué dice eso de ti? ¿Qué dice de ella?

 Todo fluyendo alrededor con el paso del tiempo (el paisaje completo, en fondo y forma) mientras tú y tu pareja continuáis plantados ahí, contra todo pronóstico, como dos troncos secos, marchitandoos estación tras estación y año tras año hasta la muerte... Dos individuos que ya no se comparten, que sólo se soportan (por costumbre, por miedo, por pereza). Cada vez más ajenos, más poblados de cosas que no pueden decirse. Pero atados al mástil como Ulises. De camino al cadalso, sonrientes...

 Resultaría increíble, si no fuera porque vivimos en un mundo en el que hasta la pasta de dientes viene con instrucciones.

lunes, 18 de septiembre de 2017

Mujeres en peligro (de extinción)


 Mujeres que se pasan la vida siendo guapas. Gastan su tiempo así. Siendo preciosas. Y nada más, que es poco más que nada. Una mujer que sólo es su sonrisa recuerda demasiado a una pizarra en blanco, a un estante vacío. Mujer florero, no: sólo florero. ¿Quién quiere una mujer que habla de maquillajes? Una que no se acuerda de olvidarse de sí misma por un rato. La preciosa constante es un montón de escombros. Hay mujeres así, por todas partes. De esas que lloran rímel y apestan a Kenzo. Las de la alfombra roja, el photocall, las firmas...

 Pero la loca despeinada y torpe, la que se pierde dentro y sale a respirar a las cafeterías, ésa, la que se queda en casa en día de fiesta y confunde los tipos de lechuga y no sabe planchar y nunca limpia, la que en secreto ya se ha dado cuenta y dice las verdades que le sobran... una de esas mujeres que se extinguen, de las que quedan menos que bisontes... una así para mí, cuando la encuentre*.

*Si se deja encontrar, que ésa es otra.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Piel


 Echo de menos tu piel. El tacto de tu piel. Ya lo sabíamos. Todo lo demás, no. Sino tu piel. Porque era blanda y tibia y dulce. Y estaba tan viva. Allí podía perderme. Sobre las dunas blancas de tu carne de luna. Y eso era el Paraíso. Cuando lo olvide todo y no me quede más que un único recuerdo, será el de tu piel pálida, el de tus mejillas.

 El resto, no.

 Los reproches, la ausencia estando juntos, el vacío.

 Todo eso vino luego.

 Aunque tu piel siguió, como un recordatorio de que tú eras tú misma y yo iba a la deriva.

 Así que cuando a veces me vuelves en sueños, sin buscarte, ya lejos, recupero esa parte que me falta, despojada de todo lo accesorio: de la guerra y la muerte de la guerra, del amor suicidado que perdimos... me quedo entonces con tu carne dulce, con tu piel sin invierno de cobijo.

martes, 12 de septiembre de 2017

Dónde has estado, chic@


 Te dejas los huevos (ovarios) intentando hacer que dure. Esta vez sí. ¡Esta vez! Pero no dura nunca.

Y repites.

Eso hasta que te cansas, te agotas. No das más. Te lo cantan los ojos, igual. Se te ve. Estás tan aburrido de lo mismo, de que te digan: “Ella no era pa ti”, chorradas parecidas. Como si hubiera alguien, una sola persona.

Como si la verdad no fuese que el amor no dura.

Nos han vendido una mentira hedionda. Culpa de nuestros padres, de los curas. Por supuesto, aún encuentras a más de un gilipollas con el bozal puesto, masticando las bridas de un matrimonio que apesta más que una fosa séptica, reteniendo las lágrimas.

¡Y te aconsejan, esos comemierdas!

El amor es pa´ un rato. Luego, caca. Se pudre. Él solito. La cuestión es que se mezcla con el miedo, y la plasta resultante es tan densa que se te pega al corazón como las moscas a la carne muerta. De pronto te da pánico arrancarte eso del pecho. Y lo llamas amor, como un cretino. Sólo porque una vez elegiste a alguien: pero ese alguien ha muerto y tú no eres el mismo.

Luego, cuando lo dejas (o te dejan), al fin explotas, gritas: “¡Joder, qué maravilla!”

Por fin descansas, a tomar por culo.

Ya no más malas caras. No más del mismo cuerpo (como si no existiera sino un único coño, cada vez más triste y consabido). No más chantajes, ni escenas, ni duelos.

Y no puedes creer que exista vida después de esa muerte de once, catorce, veinticinco años...

En el fondo es como si el propio mundo volviera a recibirte con los brazos abiertos: “¿Pero dónde has estado, chic@? ¡Venga un trago!”

Y esa sonrisa que te nace entonces es distinta a las otras...

...porque al fin es auténtica.

lunes, 11 de septiembre de 2017

Lo que pasa después...


Con Juanjo, en el Antico:

- Es como cuando topas con la tía perfecta- dice-. Todo parece en orden hasta que la desnudas: de pronto encuentras que tiene los pezones horribles, o le canta el aliento, o tiene una jodida mancha de nacimiento en el lugar menos apropiado... ¡Digo yo que ya que están buenas, podrían estarlo del todo! Es como si no cumplieran su promesa, ¿sabes lo que digo?

- Supongo, sí. En fin, tampoco es un problema...

- ¡Pero cómo que no! ¡Dan ganas de dejarlas allí mismo y largarte!

- ¿Las dejas allí mismo? No me jodas.

- Alguna vez lo he hecho.

- Joder, eres un loco...

- Loco no: consecuente. Ellas prometen una cosa y luego... de repente un montón de varices escondidas, o cicatrices, o un listín de problemas psicológicos...

- ¿Problemas psicológicos?

- ¡Cuando empiezan a hablarte, de repente! Justo después del polvo, y se confiesan. Todas locas. Y si no todas, la gran mayoría: unas por algún trauma, otras acomplejadas... Y claro, las escuchas...

- Digo yo que no vas a....

- Pero mi norma es clara: si la charla dura más de diez minutos, la acompaño de vuelta a la puerta. Las hay que no se quedan con la copla, ¿sabes? Es decir, ven que te levantas de la cama y vas al baño... no sé, tú piénsalo: ¿qué coño haces desnuda, todavía? Si yo ya estoy vistiéndome... Hacen como si no se dieran cuenta. Ésa es la peor parte- una ligera pausa-. ¿Cuánto dura un orgasmo?

- Pues... ni idea.

- Pongamos diez... trece segundos. Quince. ¿Y después qué cojones...? ¡Por tan poco, aguantarlas! ¿No te pasa que las miras a los ojos, después de correrte, y sientes como esa especie de vaharada de rabia? ¡Yo no quiero servirles un café! ¡Ni contarles mi vida! Nada de eso. Pero terminas y te ves haciéndolo, porque no puedes... mandarlas a tomar por culo, simplemente.

- Como poder, sí puedes...

- Pero es que, si las echas, no vuelves a verlas.

- Hombre, normal.

- Si yo fuera mujer, me dejaría follar y volvería a vestirme...

- ¿Otro café?

- ¡Serán pesadas, coño!

- Tierra llamando a Juanjo...

Virtud versus vesania


 ¿Sabes esas mujeres que son muy inteligentes y además conscientes? Pues ésas no las quiero. Las listas, las mejores de la clase. Adiós, adiós. Una mujer así es una mujer-coñazo. Me refiero a las que leen un montón de libros y siempre tienen una estudiada opinión sobre todo y nunca dudan y si lo hacen es al estilo de Descartes y entonces se les seca el coño y ya no queda nada aprovechable.

 Una mujer filósofa, con gafas y abotonada hasta el cuello es una cosa terrible. Fatídica. Pero una mujer filósofa que además sea hermosa ya es la hecatombe atómica, el desastre.

 Hay una relación directa entre el C.I de una mujer y su relación con la entrepierna: ¡las mujeres demasiado brillantes practican un sexo intelectualizado! Incluso al liberarse lo hacen sólo al estilo Foucault, no de manera espontánea y con sabor a fresa. Por eso no me gustan y me cargan y me aburren. Cuando una mujer así hace de puta, hace de puta socrática y no de polvo perfecto. Son ésas mismas mujeres que te exigen que les tires del pelo mientras te las follas sólo porque lo han visto en alguna peli o lo han leído en un libro de algún pornógrafo de los sesenta. Todas padecen de un extraño síndrome de atrofia de la naturalidad, que si uno lo piensa es casi la mayor de las corrupciones humanas... Esta clase de mujer siempre sabe lo que tiene que hacer: jamás lo siente o lo adivina. Un porcentaje no pequeño de ellas padece vaginismo y/o aburrimiento (una cosa por la otra) y suelen atiborrarse a antidepresivos una vez cruzada la frontera de los cuarenta, cuando las lecturas ya no las motivan y llevan trece o catorce años casadas con el responsable de ventas de turno (o el abogado, o el industrial). ¡Olé sus coños tristes! Y lo siento por ellas, he conocido unas cuantas.

 Así que para terminar, un ruego: dame a las locas simples, las que siempre se dejan las llaves de casa, las felices que razonan con el coño y follan hasta tarde y rebañan el plato... todo eso que las hace (aún más) bonitas.

 Su bendita inconsciencia.

 Magia pura.