jueves, 20 de abril de 2017

Zeigeist

 Estamos educando a la gente (me refiero a esta época, a su zeigeist) en la molicie y el aturdimiento, por eso al parecer hay tantas cosas que hoy por hoy no pueden decirse. Incluso aunque sean ciertas. Aunque todos las sepan. Porque estamos (de)formando a una generación. No puede hablarse claro de la frustración que produce el contacto, la tragedia apenas algo menos que mentirosa del amor tal como se nos cuenta, tampoco del capricho, del instinto, ni de asuntos como la gordura o la fealdad (porque en cuanto abres la boca hay una asociación, un organismo, un grupo, una persona, que se siente concernida, ofendida, afectada), ni en general de todas esas pequeñas miserias consentidas de que está hecha la relación entre hombres y mujeres (también mujeres y hombres entre sí, por supuesto, y hombres y perros, mujeres y caballos, adolescentes y frutos oblongos). No puede uno siquiera citar de memoria su propia experiencia. Estamos educando a una generación de imbéciles. De torpes morales. De asexuados. Cómodos de criterio. Y nos extraña que aumente la censura, que se recorten libertades tan básicas como la de expresión, que de vez en cuando hasta los más conservadores alucinen con el panorama... La lista de asuntos de los que no debe hablarse aumenta cada día, también la estupidez pura y dura del mismo respetable, que cada vez tolera menos cualquier cosa que les ponga los vellos como escarpias, que rime con moño, y en definitiva que se practique por placer y con el cuerpo. Fobia a la piel, lo que hay. Miedo terrible a la escena de lo físico, lo acariciable, mordible, besable; rencor y vergüenza hacia todo lo que nos pesa por espontáneo, animal, bucofaríngeo. Hay que ocultar, tapar, vendar ideas y partes pudendas. Y mientras tanto la herida se abre más con cada apaño por esconderla. Se gesta una generación de gente que no se reconoce desnuda en el espejo.

 Y eso sí que es obsceno.

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