viernes, 19 de mayo de 2017

Todo al negro (I)

 Queremos hacer que sobreviva, pero el amor es igual que una pila. Lo que nos gustaría es durar con el otro como las catedrales y el sistema métrico decimal, pero caducamos más o menos pronto. Nadie quiere escuchar que su amor es un amor/dedura de serpiente. Así que todos siguen intentándolo. Y fracasan y piensan que tal vez “ese fulano no era para mí”, y que llegará otro, que sea todo lo que no era el anterior (me lo cuentan así: “X es todo lo que no era mi ex” y se quedan tan anchas). No se cuestiona el modelo, sino la circunstancia.

 ¿La verdad? La verdad es que si llevas más de dos, tres años, eso ya no es amor, es otra cosa. Costumbre. Una inercia bonita y florida y amable, pero amor, no; cariño, mutuo entendimiento, confianza. Pero amor es lo que hacen los que están enamorados. Resulta un triste intercambio cuando decimos: “Ya no siento esa explosión de vida de los primeros tiempos, pero tengo la calma del amor maduro”. ¡Y siete pollas verdes! Son excusas de viejo. La realidad es que siempre echas de menos ese ardor inicial, la gana de encontrarte con el otro de aquella manera, la novedad del cambio, descubrir el secreto que aún lo es porque no lo han gastado las horas compartidas. Sacrificar eso es de imbéciles cobardes.

 Y lo demás son cuentos que nos cuentan. Endoculturación, rollo judeocristiano.

 Los casados acaban siendo gente triste. De verdad, míralos. ¡Ah, por ahí se adivinan las primeras protestas! Siempre los mismos. Tú, la histérica del fondo, primero aprende a reconocer un orgasmo. Y tú, el calzonazos de los ojos tristes, padeces una superabundancia de líquido seminal que te está haciendo polvo por dentro (porque a estas alturas ella ya no se deja y tú eres fiel...), te deseo mucha suerte. La otra... ¿qué dice? ¿Que usted aún quiere a su marido? ¿Veinticinco años después? No fastidie, señora. Usted depende de él. Usted tiene miedo. Usted no concibe la vida sin su hombre. ¿Pero amor? Los cojones...

 Quizá es temprano aún. Demasiado pronto. Como cuando decían que la Tierra era plana. Encontrabas a todos esos doctores con los bigotes encerados afirmando que según sus cálculos la Tierra era un como un folio, etc. Entonces aparecieron Copérnico & Company y el mundo abrió los ojos. Pero tardamos siglos.

 Con el amor pasa igual. En nuestra época estamos sólo despertando de ese sueño: la idea infantil de que debe de existir una persona... una sola persona, pieza complementaria, amor perfecto... y que tiene que durar, la noción de que es posible (y no una auténtica salvajada) meterte a vivir treinta años con la misma, con el mismo, y llamar a eso vida sin sentir que has tirado a la basura la mitad de tus días, que esa misma vida se agitaba ahí fuera de mil formas distintas, como advirtiéndote del desperdicio, mientras tú disecabas tu polla, tu coño, sacrificándolo en el altar de la monogamia, la fidelidad conyugal y toda esa cagada que no se creen ni los mismos curas. Se nos educa todavía para ser unos lisiados emocionales. Apostamos todo al negro y sonreímos. Al fin y al cabo, es lo que se ha hecho siempre. Mira a tus padres.

 Y aún nos quejamos de que el amor no dure.

No hay comentarios:

Publicar un comentario