lunes, 3 de julio de 2017

Cuántas

 Adoro eso que hacéis sin daros cuenta- vuestra parte mejor-, que es amar en silencio. Me enloquece esta gana salvaje de clavaros la verga, veros haciendo cola ante mi puerta, de seis en seis, de diez en diez, desnudas, sanas, santas y llenas de vida. Para mí no existe esperanza mayor que un cuerpo de mujer atado al mío, anudados así, como serpientes turbias, venenosas, siendo carne que nace, un milagro... Quiero azules y verdes, rojos, fucsias y furcias... lápiz de labios, rímel y faldas cortas, sábanas empapadas, besos desperdigados como restos de espuma, la ventana entreabierta, oda al claro de luna, más el reflejo de tus ojos turbios, casi sucios, como un anuncio de lo que vendrá...

Vivir así, que es no acabarnos nunca.

 Lo mejor de una mujer queda más allá de ella. Su sexo es un enigma hasta para sí misma. Las más grandes están hechas de sueños y son como una aurora para el hombre. Poderosas. Valientes. Inconscientes. Yo quiero atragantarme de Mujer, que me cubra una avalancha de cuerpos (celestes) y me dejen allí, enterrado entre tetas y algas, buceando en una balsa de leche materna, hasta que se me acabe lo de dentro y tenga que salir a tomar aire... Quiero morir de mujerosis avanzada. Palmarla entre las piernas de una campesina, lamiendo un coño o mordiendo una boca, con la verga trabada entre tus labios, mirando al cielo raso, sin pensar en nada más que el instante presente.

 ¿Cuántas mujeres van a caberme dentro hasta el último día?

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