miércoles, 12 de julio de 2017

Mujeres vacías

 Yo nunca me he cansado de mujeres vacías. Es más, las adoro. Las mujeres vacías son el mayor tesoro sobre esta Tierra madre. A una mujer vacía la toreas más fácil. Una mujer con cerebro de tordo no da tantos problemas y folla hasta que tú le digas basta. Cada vez que conozco a una mujer estúpida, la colmo de regalos. Le alcanzo la luna. Por suerte para mí, la luna es cualquier cosa: un collar, una cena, una entrada de cine... Las lisiadas mentales se venden barato y las atrae todo lo que brilla. Adoro a la mujer imbécil porque no me obliga a esperar nada de ella. Una mujer así es tan sólo funda, como los discos de algunos grupos indies... Y en la cama son diosas. Suelen serlo. Una cuestión de fondo evolutiva: es para compensar su tremenda carencia. La próxima vez que te cruces con una cretina, fíjate en el detalle: cómo domina su cuerpo. Hay una relación de proporción inversa entre la inteligencia y la conciencia corporal. La mujer brillante suele hacer el ridículo cuando intenta mostrarse deseable. Imposta demasiado. Todo le queda grande, su papel como hembra, como reclamo para el macho. Recuerdo una en concreto... intentó conquistarme, hace unos años... lo hizo tan mal, dios mío... sentí vergüenza ajena. Una tipa brillante, una crack. Saturada de libros, de literatura. Que son las que más y peor me espantan: las culturetas, las listas de la clase, especie de frígidas, féminas preternaturales... Quizá pensó que porque yo solía leer... Se acercó a mí a través de sus autores preferidos, que es la peor manera de acercarse a un hombre, pero éstas, las listillas, no lo saben, o no quieren saberlo... entonces sentí miedo, terror, un rechazo visceral, inevitable... de pronto toda ella se me apareció como una mierda, lo digo de verdad, una mujer hecha de barro y heces, con el aliento apestándole a cloaca y traté de escapar, intenté deshacerme de tremenda epidemia con faldas, pero insistió e insistió hasta que al final tuve que jodérmela con los ojos cerrados y sintiéndolo mucho... sólo una vez y nunca más... Prometo que intenté portarme mal las semanas siguientes. Todo lo mal que pude. Pero siguió llamándome, buscándome al azar por la calle, en los parques... Tuve que ser sincero. Como lo son los niños. Y se puso a llorar. Tal vez fue demasiada verdad para una sola vez. Pero dejé de verla. Se rindió. Quizá se suicidó, después de todo. No he vuelto a saber de ella. En cambio, las estúpidas... las benditas imbéciles, cabeza huecas, torpes y transparentes, maravillosas reinas sin corona... ésas son para mí, ésas no me molestan, ni les hiede el aliento ni me buscan después ni me vienen con los Cuentos de Canterbury... Dios bendiga a las lerdas de este mundo de locos. Son la sal de la tierra.  

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