jueves, 13 de julio de 2017

Trátala bien (II)

 Miente como un cabrón. Todo el tiempo que puedas: sobre sus kilos de más, cómo le cae la ropa, tus intenciones con ella, el futuro, cuánto te gustan los niños... Miente hasta que tengas que encerrarte en el baño a partirte de risa, te lo digo en serio. No vayas de señor de los convites, de galán, de caballero de bruñida armadura, porque te joderán, van a joderte si te dejas, todas ellas, mucho más pronto que tarde, y entonces lamentarás esos ramos de flores, las cenas con velitas y tu pose de Rodolfo Valentino. Callejón sin salida y medalla al hartazgo. Olé tus huevos. Conquístalas y lárgate. Sé un Alejandro de los coños, pero vuelve a tu casa, jamás les montes guardia, no seas lameculos. Llegar y besar el santo. Tocata y fuga. Una o dos veces, máximo, de la cocina al catre y del catre a la calle. Sigue mintiendo, ellas saben que mientes. Tú no dejes de hacerlo. Sin pillarte los dedos. No la llames cariño. No la llames amor. Ni siquiera la llames. No te montes películas. No fantasees con ella. Folla con otras cada vez que puedas. Reparte tu atención. Falla de vez en cuando: a la tercera cita déjala tirada, hazla esperar, no te presentes, discúlpate después (pero que llame ella). Que sea un sí pero no. Que dude siempre. Puestos a dar por culo, tú el primero. Porque si cedes aunque sólo sea un milímetro... despídete de todo lo que es bueno. Una mujer es un bulldozer, una apisonadora, trece tormentas juntas. Pondrá patas arriba tu refugio, lo querrá todo y más (dirá que no, al principio, todas dicen que no, no soy así, no soy como las otras...). Te dejará sin aire y sin espacio. Y cuando quieras darte cuenta no sabrás con quién hablas: tu dulce mujercita hecha una fiera, una muñeca demoníaca e histérica. Cualquiera de ellas es igual al resto, incluso la más fina señorita, la más feérica dama de los bosques: cuando se quite la máscara, ve rezando lo que sepas.

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